El término “herejía” connota, desde el punto de vista
etimológico, tanto el acto de elegir como la cosa elegida. Sin embargo, su
significado se ha reducido a la elección de doctrinas religiosas o políticas, a
la adhesión a iglesias o partidos políticos.
Santo Tomás define la herejía del modo siguiente: “Una
especie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo,
corrompen sus dogmas”. “La correcta fe cristiana consiste en asentir
voluntariamente con Cristo en todo aquello que pertenece verdaderamente a su
enseñanza. Hay, consecuentemente, dos formas de desviarse del cristianismo:
una, cuando uno se rehúsa a creer en Cristo, y es lo que se llama infidelidad,
que comparten los paganos y los judíos; la otra, cuando uno restringe su
creencia solamente a ciertos puntos de la doctrina de Cristo, seleccionados y
modificados según la propia conveniencia, y es lo que se llama herejía. El
objeto de la fe y de la herejía es, por tanto, el depósito de la fe, o sea, la
suma total de las verdades reveladas por la Escritura y la Tradición según nos
la propone la Iglesia para que la creamos. El creyente acepta la totalidad del
depósito según lo propone la Iglesia; el hereje acepta sólo aquellas partes que
su juicio le recomienda. Las razones de la herejía pueden ser: ignorancia del
verdadero credo, juicio erróneo, percepción y comprensión imperfectas de los
dogmas. En ninguno de esos casos juega la voluntad un papel importante, y ello
hace que tal herejía sea solamente material u objetiva, al no darse una de las
condiciones de la pecaminosidad: la elección libre. Por otro lado, la voluntad
puede libremente inclinar el intelecto a adherirse a algunas de las posiciones
que han sido declaradas falsas por la autoridad de la Iglesia. Los motivos para
ello pueden ser: orgullo intelectual o confianza excesiva en las propias
capacidades; la ilusión de celo religioso; la tentación de poder político o
religioso; las ataduras de los bienes materiales y el nivel social; quizás
otros menos honorables aún. Este tipo de herejía aceptada sí es sujeto de
culpa, en grado variable. Se le llama formal porque al error material añade el
elemento informativo de lo “libremente querido”.
Para que la herejía sea formal, debe tener pertinacia, o sea,
la adhesión obstinada a una posición particular. Mientras alguien tenga el
deseo de someterse libremente a la decisión de la Iglesia, dicha persona será
un cristiano católico en el fondo de su corazón y sus creencias falsas no
pasarán de ser errores pasajeros y opiniones momentáneas. Teniendo en cuenta
que el intelecto humano únicamente puede asentir ante la verdad, sea ésta real
o aparente, la pertinacia deliberada, distinta de la oposición caprichosa,
supone una firme convicción subjetiva que puede bastar para informar la conciencia
y crear la “buena fe”. Convicciones tan firmes pueden ser el resultado de
circunstancias sobre las que la persona no tiene control, o de violaciones
intelectuales que, en sí mismas, pueden ser más o menos voluntarias y, por lo
tanto, imputables. Una persona que nace y es formada en un ambiente herético
puede llegar a morir sin jamás tener duda de la verdad de sus creencias. Por
otro lado, una persona que nace católica puede dejarse arrastrar por remolinos
de pensamiento contrario a la Iglesia, de los cuales ninguna autoridad
doctrinal puede salvarla, y debido a los cuales su mente llega a ser
influenciada por convicciones y consideraciones suficientemente fuertes como
para superar su conciencia católica. No corresponde al hombre, sino a Aquel que
conoce el fondo de los corazones, el sentarse a juzgar acerca de la culpa que
corresponde a un alma herética.
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